Licencia para contemplar los árboles en la ciudad

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Imagen tomada de @solanopat.

“Yo soy el tiempo que pasa,

es mi muerte la que va,

en los relojes andando hacia atrás”.

Habíamos recordado ese poema de Jaime Sabines, que no tenía nada que ver con la primavera. Luego fue cuando determinamos que cada día moríamos un poco. Contemplamos la posibilidad de que tal vez no existía Dios, y ante eso, queríamos llenarnos de vida. Desde mediados de abril, la Ciudad se ofrecía a los ojos en un delirante espectáculo de color. Las flores se abrieron a Santo Domingo. ¿Acaso la anacahuita de Los Prados podría devolvernos la fe?

No podía postergarse más el paseo hacia lo que resta de “una falsa primavera”, según lo había calificado Luis Carvajal, en su implacable lógica de biólogo. En el país no podemos hablar de primavera cuando ésta coincide con el período de sequía, y los árboles están desnudos y tristes. “Esa es la sequía de los países del Norte y los del Sur. Nuestra verdadera primavera ocurre en otoño, después de las lluvias”. Pero mientras tanto, Santo Domingo viene ofreciendo un adelanto para quien quiera deleitarse. Es como comer el postre antes del almuerzo.

Avenida Mirador del Sur. ¡Mira ese árbol!

–Es un invasor.

Otra lógica implacable. El chachá, mecido por el viento, ofreciendo sólo para el escucha atento su particular sonido. ¿Acaso no era magnífico verlo florecido, como quien ha soportado con estoicismo una nevada de color amarillo? Algunos framboyanes adelantan su floración, a un lado y otro de la avenida, voluptuosos, brillantes. También invasor. Venido de lejos, de Madagascar. Es cierto, fue introducido, pero ya lo tenemos naturalizado. Por allá está en peligro de extinción.

Aquí es el eterno protagonista de las estampas campesinas en las pinturas que se venden en la calle El Conde. “Ese árbol lo usan como metáfora del matrimonio”, había dicho Teodoro Clase, un taxónomo del Jardín Botánico. “Porque primero todo son flores. Luego vienen las vainas”. Nunca había oído la ocurrencia. Ahora, en el parque, algunos sólo ofrecen sus flores, vibrantes en su particular belleza.

Pero para Carvajal, apenas estábamos viendo nada. “Ya verás cuando llueva, cómo se pondrán”, había dicho en la entrevista.´

Las calles ofrecían de todo: robles amarillos, saúcos amarillos, casias amarillas, copas de mantequilla (amarillas son casi todas las flores, también dijo el experto. Otra vez la lógica implacable).

Luego los robles y las casias rosadas, en la avenida Luperón adornaban humildemente una isleta sembrada de árboles de todo tipo. Y trinitarias, o buganvilias, en toda la ciudad, de todos los colores, disciplinadas en las isletas que apadrinan las  empresas, pero desparramadas en las paredes que protegen la intimidad de las casas; en las cercas, en los balcones, por todos lados su efervescencia de color: amarillas, naranjas, blancas, rosadas y rojas.

Aquel día, con Carvajal, queríamos descifrar la primavera capitaleña. Pero él había dicho que “la primavera en abril es un mito”.

Entonces, ¿por qué estamos viendo tantas flores? “Hay muchas plantas que vienen de otro sitio y se siguen comportando como si estuvieran en su lugar de origen. A la larga, si tú le dejas, de manera espontánea, centenares y miles de años, ellos van a ajustar su floración (al país). La Ciudad no es un ámbito normal, y ese framboyán aunque no le llueva, le llega agua de las cloacas, de las casas de la gente”.

¿Y las trinitarias?, le preguntamos. “¿Acaso has visto trinitarias silvestres?”, respondió otra vez la biología arrolladora. Pero luego añade una metáfora hermosa, como para suavizarlo: “Estas plantas son como los perros, que cuando los sueltas por ahí, terminan pareciéndose a los lobos. La trinitaria es una planta de todas partes. Difícilmente sobreviva sola”.

De regreso, en el parquecito Juan Bosch, un roble cenizo, otro rosado. Un árbol de nomeolvides que nos dice adiós. Y afuera del edificio de la redacción, otro árbol: la llamada orquídea de pobre, que protege del sol al frutero, pero que en este día lo protege de la lluvia. Fin del paseo. Comprobamos que hacen falta más flores en el Centro de los Héroes.  

Publicado originalmente en la Revista La Lupa Sin Trabas /

22 de mayo de 2013