A “mis nosotros”, para que la vida les cambie desde la justicia

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Puesta en circulación del libro Nos cambió la vida. El acto se llevó a cabo el 31 de enero de 2018 en la Biblioteca Nacional.

Reseña emocional del libro “Nos cambió la vida” publicado por el Centro Montalvo y Reconoci.do, gracias al acompañamiento de la escritora Farah Hallal

(Para mi amigo Amós, para mis amigas Elena, Ana y Germania)

SANTO DOMINGO (RD).-Elena canta en la oficina. Lo admito ahora, no me gusta (¿o no me gustaba?) que la gente cante mientras edito documentos. Pero Elena canta y en los recesos hace comentarios brutalmente honestos, divertidos, ingenuos e inteligentes; todo a la vez. Durante los cuatro meses que compartí oficina con Elena Lorac, escuché uno de esos comentarios casi a diario: por más tensa, molesta o triste que yo estuviera, reía a carcajadas y el día tomaba un color alegre. Así fue como Elena acortó distancias y en poco tiempo empezamos a tejer una amistad desde la complicidad y la franqueza.

Mi amiga no solo canta, también escribe. Desde su historia personal, llena del amor, del dolor y de la fortaleza de su mamá, reflexiona sobre la desesperanza y la solidaridad en una familia y una comunidad empobrecidas.  “Mientras ella me contaba su historia, me invadió una gran tristeza…saber por todas las situaciones que tuvo que vivir mi madre para llegar aquí y que ella puede morir sin ver un poco de felicidad. Cumplir sus sueños, vivir una vida digna, aunque sea una sola vez. Pensaba en la injusticia de la vida, pero -mientras conversaba con mi madre- ¡yo tenía tantas cuestionantes en mi cabeza! y pensaba en la injusticia de la vida… y llegué a pensar si la vida tenía sentido”, dice Elena en su ensayo “Mil historias”, publicado en el libro Nos cambió la vida.

El libro incluye 19 historias personales de jóvenes que hablan en primera persona sobre sus sueños, sus historias familiares, sus relaciones de pareja, sus experiencias con la paternidad y la maternidad. Relatos que muestran situaciones muy presentes en nuestras comunidades: la violencia de género, la pobreza, las dificultades para acceder a servicios públicos de calidad, la separación de las familias, la solidaridad entre vecinos, la alegría de jugar con los hermanos, los sueños de ingresar a la universidad, el alcoholismo… ¿Cómo no emocionarte si mientras lees ves reflejadas en esas páginas las historias de amigas, primas, conocidos?

Estas historias, escritas por jóvenes dominicanos de ascendencia haitiana, también muestran un dolor que la mayoría de nosotros nunca experimentará:  la exclusión que han sufrido porque el poder arbitrario del Estado los convirtió en “otros”, en “otras”, en extranjeros en su propia tierra, con su dominicanidad cuestionada, a cuestas. Se les niega su cédula de identidad, ese documento que nos permite cursar una carrera universitaria, acceder a un empleo formal, solicitar una beca, un préstamo bancario o emprender un negocio. Para ellos se multiplica la adversidad, sobre todo después de que el Tribunal Constitucional dictara la Sentencia 168-13, del 23 de septiembre de 2013.

“Con el proceso de la sentencia del tribunal, pensé que ya no teníamos esperanza: ya no tenía esperanza. Me dije a mí misma: ´ya no tengo esperanza, ¿qué voy a hacer, mi Dios?, ¿qué pasará con todo lo que he hecho? ´ Quedé paralizada en un batey sin poder trabajar, sin ir a la universidad”, cuenta Estefany Feliz Pérez en “Paralizada en un batey”. Según su relato, tuvo que esperar cuatro años, de 2009 a 20013, para inscribirse en la universidad. Cuatro años paralizada, hasta que finalmente le fue entregada su cédula de identidad.

Cambiando de tema, su compañera de luchas, Rosa Joseph, en un tono más íntimo, narra cómo su pareja la violentó: “Él me pidió que abortara, mas yo no quise abortar. Pues me quedé otra vez con otro embarazo sin la ayuda y el apoyo de un padre. En esos días él me mandó a un señor para que me diera un té que provocara un aborto. Este señor me dijo que él no podía hacer eso porque si mi papá se enteraba lo podía hasta matar. Además, él me aconsejó que tuviera a mi hijo ´que los hombres no paren, sino las mujeres´. Cuando él vio que por ninguna vía aborté, me mandó a decir -con quien tres años más tarde fue mi suegra-, que él no era el padre de ´esa barriga´, que buscara el padre de ese niño”.  ¿Te imaginas vivir ese infierno, mientras sufres, a la vez, la negación de tu nacionalidad, lo que te dificulta buscar la ayuda que necesitas?

En otro relato, Confesor Miguel Edel se pregunta “¿Quién soy yo?” y analiza su historia familiar con un papá adicto al juego, la separación de sus padres y la forma en la que su fe, vivida desde el cristianismo evangélico, cambió su vida.

También hay un texto (no te diré cuál para no arruinar tu lectura), con un final casi feliz: los hijos de un matrimonio logran que sus padres vuelvan a ser pareja para enfrentar juntos las dificultades de la vida.

Ya ves, son muchachos y muchachas como los que te encuentras todos los días en la calle, en el barrio o en el trabajo, pero que cargan un dolor adicional en el corazón. Estoy segura de que cuando leas el libro publicado por el Centro Montalvo te verás a ti mismo o verás a un conocido reflejado en un fragmento de alguna historia, ya sea por la alegría o por la tristeza de un párrafo.

A mí, el libro me conmueve por mis amigos de ascendencia haitiana.  Me duele especialmente mi amigo Amós Anglada, mi compañero de aulas en la carrera de Comunicación Social. Al terminar todas las materias, se enteró de que su cédula de identidad ya no era válida porque sus padres eran haitianos. En ese entonces, yo había visitado Haití al menos dos veces y él nunca había pasado la frontera.

Siempre me he preguntado cómo esta injusticia influyó en sus decisiones profesionales. Amós tiene agudeza, atrevimiento, una gran capacidad para sacar la paja del trigo de los discursos rimbombantes de los poderosos y talento para escribir, es decir, es un buen periodista. Aunque después de dos años de engorrosos trámites administrativos y jurídicos recuperó sus documentos, nadie le puede devolver el tiempo perdido.

Al final, ha desarrollado su vida profesional en La Romana, primero como periodista deportivo y luego como entrenador. Pero, ¿cómo habría sido su ejercicio en otras circunstancias? Tal vez hubiéramos compartido oficinas en las redacciones de los periódicos dominicanos en los que he trabajado, o me habría acompañado en cursos que hice becada, porque me gradué cuando así lo decidí, no tuve que posponer mi vida. Quizás era a Amós y no a mí a quien le tocaba compartir oficina con Elena y preparar el diplomado “Cobertura de las Migraciones con enfoque en derechos humanos”.

Elena y Amós son algunos de “mis nosotros”. Espero que ahora que conoces un poco más sobre ellos no los sientas como ciudadanos de otra categoría o como extranjeros, espero que los veas como lo que son: dominicanos como tú y como yo. Sobre todo, espero que los trates, a ellos y a todos nuestros compatriotas, como seres humanos, con sus historias, sus sueños y sus dolores, parecidos a los tuyos y a los míos.

Por cierto, hace unos días, mientras trabajaba en una oficina “perfectamente profesional”, es decir fría y sin canto, donde nadie hacía comentarios brutalmente honestos, sino diplomáticos, amables y calculados, recordé a mi querida Elena. Luego pensé en las distancias que creamos entre nosotros y los demás, y me propuse abrazar a toda la gente que quiero para que no se levanten muros que limiten nuestro cariño.

Y la próxima vez que entre a un espacio frío y sin canto, tenderé puentes como Elena me enseñó. ¿Podrías, por favor, no crear muros para Elena ni para nuestros otros conciudadanos? Te lo pido en nombre de los puentes que Elena construye a su alrededor, pero, sobre todo, en nombre de nuestra humanidad compartida.

(Publicado en El Grillo)

 

 

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