Café amargo

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Habíamos ido hasta allí porque nos prometieron una velada alegre. Después de todo, se trata de A., la mujer cuyas ocurrencias mantiene en alto el ánimo del caserío, cuando terminan las jornadas de trabajar la tierra. Cada noche hombres, mujeres y niños pasan por su casa para verla tostar el café, pilarlo, colarlo y brindarlo a los concurrentes en medio de toda clase de cuentos y expresiones graciosas.

En Carrizal la luz eléctrica es tan insignificante que alumbra menos que una vela. Pero la puerta de la casa de A. proyectaba luz hacia el patio. Era el televisor, por donde pasaban la fiesta de Telemicro. Me sorprendió que una energía tan escasa pudiera encender una pantalla.

A esa hora las sillas de cuero de chivo dispersas en el patio estaban estaban todas vacías. Era muy tarde: las 11 de la noche. En el campo, las noches son largas como el cansancio, pero hay tan poco que hacer que la gente se acuesta temprano. No obstante, A. nos esperaba para tostarnos café. Había dado su palabra.

No sé si era su cansancio o mi pregunta desafortunada, pero aquella noche A. no estaba particularmente ocurrente. Para romper el hielo le había preguntado por sus hijos, cuántos había tenido. “Tuve 6 y una pérdida. Pero Dios me los mató”, me contestó.

—¡Por Dios, no diga eso! le dijo mi acompañante, persignándose.

—Es verdad. Se los llevó a todos menos a una.

Me quedé muda. Su esposo rompió el silencio: 6 hijxs criadxs, dos de ellxs mellizas. La vida se los llevó. Accidentes, enfermedades, lo que sea. Solo le quedaba una. Se había graduado de profesora y vivía en la ciudad.

Mientras A. tostaba el café y había que sacarle las palabras, me pregunté si los chistes que la hacían famosa eran su manera de sobrevivir a su tragedia. Me pregunté si era posible sobreponerse a algo así. Su esposo cubría sus silencios haciendo sus propias historias. contaba cómo cazaba aves imitando sus sonidos, y el resto de los asistentes se moría de risa con sus ocurrencias.