Oficinistas

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La vida de oficina es triste. Intento llegar a una conclusión contraria y no logro. Un día veo salir a una chica de una oficina en Gascue. Observo su cansancio apenas un martes. Su lucha contra la lluvia frente a la calle inundada. El intento por proteger el pelo, su inversión en salón de belleza de fin de semana que debe durar al menos hasta el viernes. Los tacones en las manos.

En otra ocasión voy caminando por la Lincoln y veo a otra oficinista y a su compañera. Del brazo lleva una bolsa. También la lonchera del almuerzo. La sombrilla. La pesada cartera. Los papeles del trabajo que se lleva a casa. O tal vez unos análisis médicos.

No hay manera de que aquello no me produzca tristeza: la sujeción al horario, la defensa del sistema, el Over que describe Marrero Aristy cuando habla del batey y que a mí me parece tan extrapolable: “para sostenerse empleados no tienen otra garantía que la de su servilismo“, dice.

Pienso en personajes de libros que son oficinistas. Macabea (La hora de la estrella, Clarice Lispector) mecanografiando cartas, equivocándose una y otra vez. Néstor Luciano Morera (El violín de la adúltera, Andrés L. Mateo), escribiendo un diario en el que disecciona a sus compañeros de oficina mientras recibe notas anónimas en papeles azules. Las empleadas de oficinas públicas que te dicen el “vuelva usted mañana” de Mariano José de Larra. Josef K. enfrentándose al proceso kafkiano fuera de su trabajo. Yo misma enfrentándome a “los procesos” en el trabajo.

William Faulkner, en una entrevista, reconociendo que: “Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar. No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas diarias, ni hacer el amor ocho horas… lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar. Y esa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz a sí mismo y a todos los demás”.

Vuelvo a la chica de Gascue, un martes cualquiera, un martes de lluvia. Esa chica cansada y triste. Trato de imaginar su día y al hacerlo, repaso mi propio día.