Combustible para el corazón de una lectora

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Me hacía ilusión, para algo que estoy escribiendo, encontrar la referencia en algún libro a una columna jónica ubicada en el Malecón (Paseo Billini esquina c/Sánchez, apenas unos metros después de D’Luis Parrillada). Antes de conocer su historia me fascinaba pasar y verlo como un poste solitario que alguien simplemente olvidó allí.
 
(Y no se trata de un olvido imposible, eh! También en el malecón, casi frente a Casa Mobel, hay una columna cuyo estilo no logro determinar y que dejo en la tercera foto. Su incongruencia me fascina, por lo disruptiva. De seguro no conmemora nada).
 
Pero la columna que me ilusiona no es una estructura cualquiera, sino un monumento funerario que honra la valentía y la solidaridad de un grupo de hombres que desde la orilla vieron zozobrar una barca (el balandra Aurora) y se echaron al mar a tratar de rescatar a los tripulantes. Naúfragos y parte de los rescatistas murieron bajo el peso del oleaje caribeño. La columna ya tiene 108 años y siempre que paso miro para cerciorarme de que sigue allí.
 
La otra noche, no buscando eso si no otra cosa, leí un cuento de Antonio Lockward Artiles titulado La casa marina, y casi grito de emoción al encontrar este párrafo:
 
«A solo unos centenares de pasos, vimos el hueco marino con su cadáver pequeño. Y más acá, un monumento a José Cuevas, Casimiro Almonte, Eusebio Lugo, José Maíz, Miguel A. Veloz, Miguel Pérez y Juan Ramos Mendía:
 
“Al ver la nave zozobrar perdida 
un noble rasgo le costó la vida”.
 
¿Cómo seguir así, entre monumentos funerarios? Y te retiras para alejar el monumento».
 
Estos pequeños hallazgos hacen arder mi corazón de lectora.