SANTO DOMINGO (RD).-“La expectación que, como consecuencia de una particular manera de enfocar la inmigración irregular en nuestro país, que ha sido para nosotros un asunto tan extremadamente difícil y tan particularmente doloroso, ha revestido de cierta, digamos, seriedad lo que, sin ese aditamento, hubiera sido el reencuentro distendido y amable de un gran escritor, de un gran intelectual latinoamericano, con un país que siempre lo ha tenido en grandísima estima”.
El escritor Pedro Vergés, ministro de Cultura, abordó con esas palabras el “escabroso” (desde el punto de vista de Mario Vargas Llosa) tema de entregar un premio del Estado al nobel peruano que había equiparado a República Dominicana con el régimen nazi por la sentencia 168-13, que despoja de la nacionalidad dominicana a personas (sobre todo hijos de inmigrantes haitianos) que ya estaban asentadas en el Registro Civil.
A continuación el discurso pronunciado por el ministro de Cultura, Pedro Vergés, en el acto inaugural de la XIX Feria Internacional del Libro Santo Domingo 2016, el pasado martes, 19 de septiembre del 2016.
Excelentísima Sra. Doña Margarita Cedeño de Fernández
Excelentísimo Sr. Don Andrés Navarro, ministro de Educación,
Excelentísimo Sr. Don Mario Vargas Llosa, invitado especial de la Feria Internacional del Libro de Santo domingo,
Excelentísimo Sr. Don José Antonio Rodríguez, ex ministro de Cultura y embajador dominicano ante la UNESCO,
Ilustrísima Sra. Edilí Pichardo, viceministra de Cultura,
Ilustrísimo Sr. Don Valentín Amaro, director general del Libro y la Lectura,
Ilustrísimo Sr. Don Pedro Antonio Valdez, director ejecutivo de la Feria del Libro,
Ilustrísimo Sr. Don Luis Brea Franco, comisario del premio Internacional Pedro Henríquez Ureña,
Señoras y señores:
Nos disponemos dejar inaugurada la decimonovena feria Internacional del Libro de Santo Domingo, y créanme si les digo que lo hacemos con el ánimo henchido de satisfacción, y conscientes de lo que ello significa como arranque simbólico de una nueva etapa en el no siempre fácil discurrir de la cultura dominicana. Recuerdo, a este propósito, a don Julio Postigo en su empeño por inculcarnos (en aquellos difíciles años cincuenta del pasado siglo) el hábito de la lectura y por divulgar, editar, prestar, alquilar, exhibir y hasta regalar el libro (soy testigo y beneficiario de ello), y no me resisto a rendirle homenaje de recordación y afecto en su condición de precursor y hasta de fundador de la tradición que continuamos hoy. Más de cincuenta años han transcurrido entre aquellos esfuerzos iniciales (quién sabe si iniciáticos) y estos de ahora, tan reconocedores de esa deuda como de la responsabilidad a que nos obliga de cara a nuestra sociedad, al país en su conjunto, ni más ni menos que como aquel bien recordado don Julio Postigo de la entrañable Librería Dominicana.
El panorama es hoy, por supuesto, distinto. En ese largo lapso de cinco décadas, y tras muchos vaivenes y dificultades, hemos conseguido afianzar ¾espero que de forma duradera¾, lo comenzado entonces y ya llevamos casi dos décadas de celebraciones ininterrumpidas, lo que no deja de ser un pequeño milagro en nuestro medio, tan proclive a la fugacidad y a la improvisación. La de hoy es una feria de indudable importancia, sobre todo si se la considera, como conviene que lo hagamos, en el ámbito geopolítico caribeño y centroamericano al que pertenecemos y en el contexto de nuestra propia historia cultural.
Como todos los años, también en este le dedicamos al evento a un personaje ilustre de nuestras letras, al más ilustre, de hecho, de su siglo, Salomé Ureña, y tenemos como país invitado el que nos queda más cerca del corazón, que es el nuestro. Y como, siendo así, resultaba imposible no tener en cuenta la característica de sociedad lamentablemente separada en que últimamente nos hemos convertido, hemos querido hacer hincapié en esos hermanos nuestros que más allá de lo que nos rodea procuran expresar la dominicanidad a través de la palabra en un denodado esfuerzo que acogemos con regocijo y cariño del bueno.
Más de 40 escritores representativos de lo mejor que literariamente ha producido la emigración dominicana en países como Estados Unidos, México, España, Chile, Haití y Puerto Rico forman parte del intenso programa de actividades de la presente feria. A ellos se suman los casi 50 escritores extranjeros, procedentes de diversos países de América y Europa, que también participarán en las conferencias, lecturas e intercambios organizados al efecto, conformando así un conjunto que hubiese llenado de orgullo a don Julio Postigo y a cuantos en su tiempo y después se preocuparon por sembrar la semilla del árbol bajo el que hoy nos cobijamos. A todos ellos, dominicanos y extranjeros, todos pertenecientes a la misma patria del espíritu, quiero extenderles, en nombre de nuestro gobierno, de nuestro ministerio y del mío propio la más cordial bienvenida. Confío y espero que durante estos días de convivencia consigamos hacerlos sentir como en su casa, que lo es en el caso de los primeros y deseamos que lo sea en el de los segundos.
Y digo más. Un total de 215 casetas han sido habilitadas este año para alojar tanto a las librerías como a las instituciones participantes. Alrededor de 60 casas editoriales, entre ellas algunas de las más conocidas de la industria editorial española y latinoamericana, harán acto de presencia en sus instalaciones. Un total de 48 talleres y colectivos literarios, así como 32 clubes de lectura y gestores culturales, pertenecientes a los programas y proyectos que desarrolla nuestro Ministerio, estarán también presentes. 12 pabellones especiales (unos dedicados al país y a nuestros autores y los demás a temas tales como la décima ¾ese pequeño género tan nuestro¾, la literatura infantil y los libros de cocina, cuando no a fundaciones como la de nuestro siempre presente Juan Bosch, o a cuestiones específicas, como el micro relato, o la lectura pura y simple, o los talleres literarios, sin olvidar el ya tradicional Café Bohemio, lugar de encuentro y de intercambios) nos abrirán sus puertas desde el primer momento para que disfrutemos de su contenido.
Pero basta de cifras que, aunque quedan muchas, con las facilitadas en este rápido recuento tienen ustedes una idea más que precisa de lo que ha terminado siendo nuestro acontecimiento cultural por excelencia.
La feria de este año ofrece, curiosa, aunque afortunadamente, la doble particularidad de celebrarse en una fecha distinta a la que marca la tradición, el mes de abril, y coincidir con la llegada de un nuevo equipo al Ministerio encargado de su celebración. Como me toca el honor de encabezar esa gestión, desearía que se me permitiera esbozar, así sea a vuelapluma, dos o tres ideas básicas de las que en adelante guiarán nuestro trabajo.
Empezaré por la feria que inauguramos hoy, que tendrá para el nuevo ministerio la misma importancia que para las autoridades anteriores, cuyo trabajo y cuyos desvelos aprovecho para reconocer sin titubeos. Durante años la hemos visto crecer y desplegar un abanico de actividades que, sin menoscabo de su relevancia, han terminado por alejarla, quizás en demasía, de su objetivo principal, la promoción del libro y de cuanto se relaciona con dicho concepto. De modo que, a partir de la próxima edición del evento, que volverá a ser, como siempre, en abril, nos esforzaremos en que esté dedicado a lo que su propio nombre, Feria del Libro, nos indica.
Dicho esto, me apresuro a aclarar que no hay en mis palabras menosprecio alguno para cuantas expresiones culturales ajenas al libro tenían lugar en el ámbito de la feria. Al contrario. Y quiero recalcarlo: al contrario. Es precisamente por la necesidad de un ordenamiento cada vez más acorde con el dinamismo y la complejidad de una sociedad que hace bastante que dejó de ser la provinciana, y a menudo rural, de toda la vida por lo que estamos decididos a emprender la tarea. En poco tiempo, casi sin darnos cuenta, hemos pasado de contar con un pequeño grupo de artistas del pincel, de la palabra, de la voz, del pentagrama, como se decía antes, a tener cientos, y hasta miles, dependiendo del ramo, y un Ministerio de Cultura a la altura de los tiempos no puede pasar por encima de semejante realidad si quiere poner en práctica de manera adecuada las políticas culturales del Estado. No es posible mostrar, en la presente feria, por razones fácilmente comprensibles, lo que nos proponemos. Pero hemos tomado algunas previsiones y espero que ya empiece a notarse la diferencia en ese sentido.
Conviene también que les anuncie nuestra intención de hacer hincapié en algunos aspectos de nuestro ministerio que tenderán, creo, a mejorarlo y que se corresponden con la línea de acción trazada tanto por la “Estrategia Nacional de Desarrollo 2010 – 2030” como con la del “Programa de Gobierno” del presente cuatrienio en lo que tiene que ver con la política cultural. Para ello procuraremos trabajar en tres frentes diferenciados: uno claramente vinculado con el sector educativo, otro con el turístico (con los cuales ya se han establecido acuerdos que, a mi modo de ver, deberían ser ampliados y mejorados) y el último con la empresa privada y el sector municipal. A cada uno de ellos les presentaremos en su día propuestas claras de colaboración y trabajo conjunto, con la esperanza de que entre todos busquemos y encontremos el terreno común desde el que potenciar cada una de nuestras acciones. No se nos escapa, por ejemplo, la inevitable y natural vinculación de la ya mencionada política cultural con el profundo reordenamiento de la educación que se lleva a cabo desde el ministerio correspondiente y estudiaremos el modo institucional de participar en la tarea de poner al servicio de nuestros jóvenes todo lo que desde el campo cultural pueda proporcionarles una formación cada vez más completa y acabada. Lo mismo digo de la llamada industria turística, cuyos propósitos coinciden en mucho más de un punto y, desde luego, más de lo que una mirada superficial podría deducir, con áreas y sectores de nuestro ámbito de acción, como, por citar uno, la creación de micros y pequeñas empresas culturales. En cuanto al aspecto relacionado con el sector privado (claramente previsto en la estrategia nacional de desarrollo), de sobra está decir que insistiremos en lo que podría llamarse, muy políticamente, una alianza estratégica con el firme propósito de aunar esfuerzos, reducir costos, evitar la dispersión y establecer una agenda conjunta de propuestas compartidas que tienda a fortalecer la presencia del arte y los artistas dominicanos tanto dentro como fuera del territorio nacional.
Nada de esto es nuevo, ni original, ni pretende tampoco ser la panacea de nuestros problemas y nuestras deficiencias. Pero hasta que no tomemos conciencia de lo mucho que conseguiríamos si lográramos ponernos de acuerdo en los ejes esenciales, más que de una política, de una voluntad nacional de ser mejores y de que la cultura y las políticas culturales que la animen, la ordenen, la estimulen y, en cierto modo, le indiquen el camino, constituyen una plataforma ideal y única para el logro de ese propósito, hasta que eso no ocurra, seguiremos dando palos de ciego, generando frustración entre nuestros creadores y sin hallar la punta de una madeja que nos conviene desenredar cuanto antes.
Hay otras cosas, otros deseos y otras intenciones. Pero quede lo tan sucintamente dicho como el apunte, no de un soñador ni de un iluso, sino de quien asume la tarea con plena conciencia de su responsabilidad y deseando elaborar un programa de acción posible y vinculado con la realidad de un país cuya cultura reclama a gritos que se le preste la atención adecuada.
Y ya, por último, lo que conviene que se diga al final.
Señoras y señores: hace unos años la Feria Internacional del Libro instituyó el Premio Pedro Henríquez Ureña, con el que se busca exaltar la figura y la obra de ese egregio dominicano y que se le otorga a una personalidad descollante y representativa de las letras latinoamericanas. Con anterioridad había recaído en el puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, en el uruguayo Eduardo Galeano, en el nicaragüense Ernesto Cardenal y en la argentina Beatriz Sarlo. En la de este año fue galardonado el escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, que nos honra con su presencia y a quien le reitero la muy cordial bienvenida que tuve la oportunidad de darle a su llegada.
Pero el que entregaremos hoy, como parte importante de esta inauguración, no es, con ser importante, un premio más. Tiene unas características que están en la mente de todos los presentes y de quienes dentro y fuera del país nos estén viendo y escuchando. La expectación que, como consecuencia de una particular manera de enfocar la inmigración irregular en nuestro país, que ha sido para nosotros un asunto tan extremadamente difícil y tan particularmente doloroso, ha revestido de cierta, digamos, seriedad lo que, sin ese aditamento, hubiera sido el reencuentro distendido y amable de un gran escritor, de un gran intelectual latinoamericano, con un país que siempre lo ha tenido en grandísima estima. El señor Vargas Llosa es consciente de ello y de las disidencias provocadas por sus puntos de vista en torno a lo ya dicho y quiero agradecerle de corazón que, pese a ello, haya aceptado venir de buena gana a recibir el premio, convencido, como ha tenido a bien comunicarnos, de que su concesión es una prueba del talante abierto de las autoridades dominicanas y de la fortaleza y madurez de nuestra democracia. Yo también lo creo así y por eso, como Ministro de Cultura, abrigo la esperanza de que, por encima del disgusto de algunos, o de tantos, la premiación de hoy sirva para fortalecer el confesado afecto de Vargas Llosa por nuestro país y la no menos explícita admiración que los dominicanos, incluidos los del disgusto que acabo de mencionar, sentimos por su magnífica obra literaria.
Señor Vargas Llosa, está usted en su casa. Enhorabuena por el galardón.
Señoras y señores, gracias. Buenas noches.
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