De cómo se formó Sánchez para ser abogado

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Francisco del Rosario Sánchez

«¿En virtud de qué ley se nos acusa? ¿Amparándose en cuál ley se pide para nosotros la pena de muerte? ¿Invocándose ley dominicana? Imposible».

SANTO DOMINGO.- Francisco del Rosario Sánchez, nacido el 9 de marzo de 1817, hace hoy 203 años, fue un luchador patriótico que acompañó su inquebrantable valentía con una gran pasión por las ideas y por el Derecho, condición que lo consagró como político y abogado.

El hijo de Narciso Sánchez y Olaya del Rosario también supo combinar su sacrificado compromiso con la independencia nacional con una consistente vocación por la concertación en tiempos de convulsión política, lo que le ha generado críticas y elogios en la posteridad. Al final, pesó más su apego a la dominicanidad y murió defendiendo su causa y la de los suyos en un juicio en el que no le concedieron las garantías fundamentales.

Fue defensor público y tuvo un breve período como procurador, pero no egresó de universidad alguna. Sucedió que en 1823, cuando el futuro libertador contaba con seis años de edad, el gobierno de ocupación haitiano de Jean Pierre Boyer ordenó alistar a todos los jóvenes de entre 16 y 25 años, lo que provocó, de hecho, el cierre de la Universidad de Santo Domingo, hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

Cuando en 1838 se fundó la sociedad La Trinitaria y Francisco del Rosario Sánchez se enroló en las actividades conspirativas que dirigió Juan Pablo Duarte, ya tenía 21 años, pero persistía entonces la ausencia en el país de centros de educación superior.

Su formación

“Cerrada la universidad con el dominio de los haitianos, el espíritu filantrópico del Dr. D. Juan Vicente Moscoso (pasado rector de la academia) sufría al contemplar la juventud dominicana sin más alimento intelectual que el escasísimo que le proporcionaban las escuelas de particulares, limitadas a enseñar a leer y escribir (formar bonita letra) y a repartir rutinariamente las primeras reglas del arte de contar” cuenta el trinitario José María Serra, citado por la escritora y periodista Emilia Pereyra.

Por tanto, como a muchos jóvenes de la época, le correspondió a Sánchez formarse como autodidacta, no sin la ayuda de prestigiosos mentores.

“En la escuela pública se enseñaba lo mismo, pero en francés, que era el idioma oficial. El Dr. Moscoso abrió, pues, una clase en su casa, y allí concurrieron unos tantos jóvenes ávidos de instrucción”, continúa el relato de Serra.

El historiador Roberto Cassá reseña que la educación de Sánchez se nutrió de la instrucción del sacerdote Gaspar Hernández, quien montó “una especie de seminario de filosofía” en el convento de Regina. “La cultura fue, pues, su norte en la vida, por lo que dedicó mucho tiempo a la lectura de la Biblia y de autores griegos y romanos. Esta pasión por la cultura también la adquirió su hermana Socorro, consagrada maestra y precursora del feminismo en nuestro país” detalla Cassá en su libro Padres de la Patria.

Se forjó en el patriota un espíritu de superación y entrega, puesto que también tuvo que sortear las limitaciones derivadas de su origen humilde.

Resalta Cassá que Sánchez fue de los pocos trinitarios que no eran de color blanco ni provenían de la típica clase media urbana.

“Este protagonismo de alguien salido de los sectores humildes de la población se explica por los cambios sociales que habían ocasionado la emigración de los blancos esclavistas tras el Tratado de Basilea de 1795 y la ocupación haitiana en 1822. El vacío dejado por los esclavistas emigrados fue gradualmente ocupado por sectores sociales que se iban desarrollando”, explica el historiador.

Cuenta que fue una especie de barbero pero la ventaja de vivir en Santo Domingo y cierto ascenso económico de su familia le permitieron establecer relaciones con personas de otros extractos sociales con acceso a fuentes de conocimiento.

Su carrera política

Como político, Sánchez llegó a presidir la Junta Central Gubernativa, el órgano de gobierno provisional que se dio la República, tras su fundación. Debido a sus habilidades discursivas y su aptitud para la conciliación, contribuyó en mucho a que se produjera la alianza entre conservadores y liberales que impulsó la independencia nacional.

Fue en casa de Sánchez donde se celebró la reunión de los trinitarios y otros conspiradores en la que se fijó para el martes 27 de febrero la fecha de proclamación del nacimiento de la República Dominicana, según Rodríguez Demorizi, citado por Franklin Franco. Él asumió el liderazgo del movimiento ante la ausencia de Juan Pablo Duarte en el país.

Fue desterrado en agosto de 1844 junto a Ramón Mella, Pedro Alejandrino Pina y Juan José Illás, declarados traidores, y posteriormente volvió al país y se incorporó a la vida política. Fue colaborador para gobiernos de Santana y Buenaventura Báez.

Sostiene Cassá que “en términos generales, (Sánchez) se vio obligado a pactar con la política conservadora prevaleciente como precio para poder mantenerse en el interior del país. A pesar de ello, resalta, se negó a secundar el golpe de Estado que dirigió Pedro Santana contra el presidente Jimenes y prefirió retirarse de la vida política para ejercer el oficio de abogado y defensor público.

“Es cierto que, durante la breve segunda administración de Santana, en 1849, Sánchez aceptó el cargo de procurador fiscal de Santo Domingo, por lo que se vio obligado a ser acusador del general Antonio Duvergé en el primer sometimiento a juicio que le hizo Santana, quien le había tomado animadversión por haberse opuesto al golpe de Estado. Sánchez y Duvergé siguieron siendo amigos, a pesar de este acto odioso de Santana.

Conspirador y lobista

Pero en 1961, cuando Santana anexó el país a España, Sánchez se embarcó en una expedición para armar la revolución que restituyera la soberanía nacional. Entonces escribió su famosa proclama en la que aseguró que en él se encarnaba la bandera nacional.

“He pisado el territorio de Haití porque no podía entrar por otra parte, exigiéndolo así, además, la buena combinación y porque estoy persuadido que esta República, con quien ayer cuando era imperio combatíamos por nuestra nacionalidad, está hoy tan empeñada como nosotros, porque la conservemos merced a la política de un gabinete republicano, sabio y justo”, declaró mientras todavía se enfrascaba en una mezcla de presión y lobismo político para obtener colaboración del gobierno haitiano de Geffrard.

“Más, si la maledicencia buscara pretextos para mancillar mi conducta, responderéis a cualquier cargo, diciendo en alta voz, aunque sin jactancia, que yo soy la bandera dominicana”.

Y en una carta a Geffrard en cierta forma parecía responder a quienes han visto en la causa de los trinitarios algún sentimiento antihaitiano: “Fui el instrumento de que se valió la providencia en 1844 para sacudir la dominación haitiana y crear una República independiente. Más no lo hice por odio, por algún sentimiento innoble o debido a ideas de preocupación social, sino porque creí que constituíamos dos pueblos con caracteres diferentes en todos los órdenes, que somos dos pueblos distintos que podemos formar estados separados, y que la isla es bastante grande y hermosa para compartirla entre ambos dividiéndonos el dominio de ella”.

Su último juicio 

Ya en territorio dominicano, el patriota cayó víctima del acoso de las tropas de Santana y de la tradición de una parte de los suyos.

Él y 20 seguidores cayeron prisioneros de Santana, condenados a pena de muerte y fusilados el 4 de julio de 1861, por su lucha armada en contra de la anexión a España y a favor de restaurar la República Dominicana.

El prócer, político y abogado asumió en esa audiencia su propia representación legal, pero no solo en su defensa sino además en la de sus colaboradores:

“Yo vengo al país con el propósito firme de preguntar a quien deba si ha consultado el querer de los dominicanos para anexar la Patria a una nación extraña. ¿Con qué leyes se me habrá de juzgar?

¿Con las españolas que no han comenzado a regir, pues el protocolo establece un interregno de meses para que comiencen a regir las leyes del Reino, o con las dominicanas, que me mandan a sostener la independencia y soberanía de la Patria?

¿En virtud de qué ley se nos acusa? ¿Amparándose en cuál ley se pide para nosotros la pena de muerte? ¿Invocándose ley dominicana? Imposible. La ley dominicana no puede condenar a quienes no han cometido otro crimen que no sea el de querer conservar la República Dominicana.

¿Invocando la ley española? No tenéis derecho para ello. Vosotros soy oficiales del ejército dominicano. ¿Dónde está el código español en virtud del cual se nos condenarais?”.

Como aquel juicio no tenía otro propósito que el de aniquilar a unos insurrectos con suficiente compromiso patriótico como para poner en peligro la iniciativa entreguista de Pedro Santana, Sánchez y los suyos murieron fusilados, y algunos rematados a machetazos, aquel 4 de julio de 1861.

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