El método Hemingway

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Recientemente, en un taller para periodistas, la sesión sobre cómo organizar la historia al momento de escribirla inició con un ejercicio: debíamos decir en una palabra cómo nos sentíamos en ese momento frente a la página en blanco.

Solo conozco dos periodistas que no hacen un trauma en ese momento. Yo soy de las que hace trauma, por supuesto, pero mi trauma no comienza en el momento en que me siento a escribir, sino mucho antes. Porque la historia se va configurando poco a poco en mi cabeza, a medida que voy acumulando datos y se va escribiendo de manera invisible en una página también invisible que tengo en el cerebro.

Lo cierto es que sentarme a escribir no es lo traumático, sino la resolución del trauma, pues antes de ello, doy mil ochocientas vueltas, me leo una novela, me pongo a buscar datos sobre algún otro tema inútil que no le sirve a nadie, me dedico a ensayar recetas, así sea algún plato búlgaro o de algún otro país cuya existencia ya ni recordaba, etc. etc.

El otro día conocí el método Hemingway para darse ánimos en ese momento. El propio autor lo narra en “París era una fiesta”:

«De pie, miraba los tejados de París y pensaba: “No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas”.»

En esa misma página, Hemingway también aporta otro ejercicio esencial para mantener la pluma en forma: escribir siempre, siempre.

«En aquel cuarto tomé la decisión de escribir un cuento sobre cada cosa que me fuera familiar. Tenía esa intención presente siempre que escribía, y me daba una disciplina buena y severa».

Y si lo ilustro con esta foto, es porque el momento que describo es siempre una batalla… con una misma.

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