Elizabeth Balaguer: Los ojos verdes de la literatura dominicana

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Hija de un pendolista que le transmitió el sentido artístico y el amor por las formas y las bellas letras, la escritora dedicada a la literatura infantil residente en NY considera que el libro dominicano carece de dolientes en el extranjero y dice que el emigrante sufre de una nostalgia que no se cura

SANTO DOMINGO (RD).- De grande, quería ser escritora, una que se pareciera a la autora de Mujercitas, Louisa May Scott, y a los doce años leyó Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Como el grito de guerra de sus mayores era “Del colegio a la casa”, ella tuvo mucho tiempo disponible y se puso a leer desde chiquita. Le echó mano a todo libro que le pasara por el lado, y fue así que leyó temprano las décimas de Juan Antonio Alix, El masacre se pasa a pie de Freddy Prestol Castillo y las novelas policíacas de Agatha Christie. Leyó tanto que leyó hasta los muñequitos de Archie y Sussie y las novelas rosa de Corín Tellado. Y luego se hizo fan de Mafalda, la de Quino, y de los comics alternativos de Rius.

Conoció El Quijote a través de su abuela, que se pasaba el día parafraseándolo por toda la casa, y un día esa misma abuela la encontró leyendo el libro Ernesto Cardenal en Cuba y la rellenó por andar leyendo a ese cura ateo.

Elizabeth Balaguer tuvo acceso a la biblioteca personal del presidente Joaquín Balaguer, que era su tío, y nunca olvida el día que se la llevaron. “Me llevaban a su casa y uno de los lugares que más disfrutaba era la biblioteca que estaba en el primer piso del anexo. Iba tocando uno a uno los libros, en ocasiones observaba los detalles de sus encuadernaciones, a veces tomaba algún ejemplar entre mis manos y abría sus páginas. Y claro, siempre los volvía a colocar en la misma manera en que los había encontrado. Ese lugar era casi un santuario. Hasta que un día llegué y con tristeza vi cómo iban desmontando los libros de los anaqueles para colocarlos en las cajas numeradas que serían donadas a la UNPHU. En ese instante sentí que la magia se había terminado”.

Lo primero que escribió fueron cartas. Largas y extensas cartas que mandaba a sus primas y a sus tíos, y que la ayudaron a soltar las manos para su futura actividad de escritora. “Yo siempre tenía cosas que contar y no me importaba pasar largo rato escribiendo; por el contrario, eso me encantaba”.

Elizabeth Balaguer tiene unos ojos que compaginan con las mañanas de abril, el mes en que nació, y en ellos nunca se hace de noche. Son verdes, tirando al gris que queda en los ríos después que le cae una llovizna, y de una transparencia aceitunada, y en ellos pueden reflejarse todas las cosas del mundo.

Su madre tenía una máquina de escribir, una vieja Remington, que era un lujo del pasado. Su padre era pendolista y encuadernador en la imprenta de la Secretaría de Educación y le transmitió el amor por las bellas letras. Ella lo veía sonreír, mientras trabajaba de tarde en tarde, inclinado en su mesa de dibujo. Él le contagió el amor por las formas y por el alfabeto que inventaban sus manos, y la pasión por todo aquello que iba envuelto en el mundo mágico de la impresión. “Es desde entonces –recuerda– que aprendí a querer y respetar el mundo de los libros desde su composición hasta su impresión”.

Desde el año 1989 vive en Nueva York y dice que a pesar de sus treinta años en esa gran ciudad nunca se ha curado del mal de patria, esa nostalgia invencible que cada emigrante dominicano lleva escrita en el alma. Trabaja en el sistema de educación preescolar, en un centro adscrito al Distrito Escolar 6, del Alto Manhattan. Es publicista, diseñadora, Master en Lengua Española y Literatura del City College of New York y gestora cultural.

Vive en un sexto piso que mira de costado al río Hudson, convertido por las veleidades de la geografía neoyorquina en el Harlem River. Y allí, de tarde en tarde, se sienta a escribir y a mirar desde su ventana ese pedazo de mundo. “Desde la ventana de mi casa puedo apreciar por un lado el amanecer desde el río del Este o Harlem River y por el otro lado el puente George Washington, levantado sobre el Río Hudson, y su atardecer. Manhattan es una isla bordeada por dos ríos y cada uno tiene su belleza. Para mí el paisaje es gratificante. Cada día esas imágenes me reconfortan, se han convertido en parte de mí, son mi sentir, mis pensamientos y sus conjuros, mis cómplices, son mi amanecer y mi anochecer”. 

¿De qué mundo procede usted y qué le ha aportado a su creación literaria?

De pequeña me imaginaba que vivía en un mundo donde la ficción y la realidad estaban tomadas de la mano. Me llamaban la atención los estantes con libros y desde pequeña era poseedora de uno. Me gustaba sentarme delante del estante a contemplar mi pequeña biblioteca. En mi memoria tengo grabado el recuerdo cuando mi Tía María, cariñosamente Vía, quien me enseñó a escribir en letras corridas o cursivas. Recuerdo lo orgullosa que me sentía de poder dejar de escribir en letra de molde o imprenta. Fue un privilegio venir de una familia donde la profesión de maestra es sagrada; tías, tíos, abuelos y abuelas tuvieron el honor de educar a varias generaciones en diferentes áreas. Yo leía todo y lo recitaba en voz alta. Tener la habilidad de leer era la cosa más maravillosa que podía sucederme; a través de la lectura yo iba día a día descubriendo el mundo fantástico que estaba ante mis ojos.

¿Qué escribía antes de escribir literatura infantil?

Me inicié con el género epistolar, me gustaba escribir a mis primas y a mis tíos. Mis cartas eran extensas y muy detalladas. Yo siempre tenía cosas que contar y no me importaba pasar largo rato escribiendo; por el contrario, eso me encantaba. Antes de escribir cartas yo escribía algunos pequeños artículos, que más que artículos, eran ensayos. Siempre me ha gustado escribir cuentos; inclusive, tengo muchos que son de adultos, que nunca se han publicado. Y escribía de vez en cuando poesía; la poesía es una parte de mí. Para mí la escritura es un desahogo y una manera de conectar el yo interno con lo que me rodea. Cuando pequeña me acostaba en el piso y hacía unas historias fantásticas con las nubes. Le hacía cuentos a mi hermanita más pequeña, le hacía muñecas, se las dibujaba siempre para entretenerla. O sea, que yo puedo decir que siempre he estado escribiendo. Ahora sé que seguiré escribiendo siempre y cuando pase el tiempo y mis hijos tengan sus hijos, yo seré una abuela que escribe, y que a través de la escritura les diré en libros el nombre de mi patria para que no se olviden de sus raíces ni se olviden de la tierra de sus padres.

¿Cómo giró hacia la literatura infantil y de dónde provienen las historias que cuentan sus libros?

La primera publicación de un libro que hice fue uno que no era de superación personal, pero daba pautas para encontrarse con uno mismo y poder seguir adelante. Al año de publicar ese libro, mi hijo estaba muy pequeño y yo quería, como toda buena madre, enseñarle a cantar canciones de mi infancia. En primer lugar, trabajé con Trucando, un libro que ha tenido una gran acogida. Luego trabajé con Cuco. Escribí Trucando basada en las memorias y recuerdos de mi niñez. Siento que teníamos un vacío en la literatura infantil y quise ayudar a llenarlo con historias nuestras, que contaran nuestras costumbres, tradiciones y leyendas. El cuento de Cuco también ha tenido muy buena acogida. Es de los cuentos que yo más quiero. Un día fui a visitar en una escuela a niños de octavo grado. En ese diálogo les pregunté qué era lo que más recordaban de su República Dominicana, muchos habían llegado pequeños, se habían ido de vacaciones, y lo que más recordaban era el miedo que les metían con el Cuco. Eso me hizo pensar que el Cuco es parte de nuestra identidad y que había que preservarlo. Pero que al preservarlo teníamos que tomar en consideración que la psicología moderna en educación no permite tener asustadores. Por eso el Cuco, en mi cuento, se vuelve amigo de los niños. Es una manera de disipar el miedo, pero al mismo tiempo de mantener algo que es parte de la tradición y la identidad. Como todos sabemos, el Cuco es un personaje que se utilizaba para disciplinarnos; un asustador. Lo usaba la abuelita, lo usaba la nana que cuidaba a uno y todo el que estaba alrededor. Todo el mundo le tenía miedo al Cuco. El argumento del cuento es una niña que viene al campo y encuentra un Cuco gracioso, que en vez de meterle miedo le cuenta a ella que lo han usado todo el tiempo como un asustador para disciplinar a los niños, pero que el Cuco no se come a los niños, sino que es amigo de los niños. Ahí comienza una nueva relación con el Cuco, y una de las actividades que yo hago con ese cuento es que ellos mismos creen su propio cuco. Y ese propio Cuco es su amigo.

¿Qué dice de los que piensan que la literatura infantil es un género menor?

Están equivocados. Podemos decir que la literatura infantil es de vital importancia para el desarrollo del ser humano. Es a través de ella que se despierta la creatividad intelectual en el proceso cognoscitivo que se inicia en el niño en los primeros cinco años de vida. La literatura infantil como vínculo de exploración a su entorno, enriquecimiento de su vocabulario y el acercamiento a un mundo de fantasías que le permite dejar volar su imaginación. Para escribir literatura infantil debes volver a tus inicios, regresar a la niñez. A mí me apasiona la literatura infantil, pero el hecho de que tú escribas básicamente sobre eso no significa que es lo único que tú sabes hacer; no significa que tu inteligencia y tu preparación están limitadas. En la literatura infantil tú tienes que ser conocedora de la naturaleza humana para tu escribir literatura infantil. Y para tu ser conocedora de la naturaleza humana es mucho lo que tú tienes que leer y saber. El escritor infantil tiene que investigar y buscar y saber lo mismo que un crítico y lo mismo que una persona que escribe ensayo o que escribe novela o que escribe cualquier otro género. O sea, que debe haber un respeto y una equidad en lo que tiene que ver con la literatura infantil. Cortázar contó una vez que un editor le pidió un cuento para niños y él le dijo que no porque era más fácil escribir para un adulto que para un niño. Yo he hecho lecturas con niños de cinco años que me han dicho eso no es así.

¿Nunca ha escrito un tema que no sea dominicano?

Yo tengo una novela que se llama Creciendo en Washington Heights. La inicié y está muy desarrollada. Para trabajarla tuve que visitar diferentes escuelas y hablar con jóvenes y adolescentes de sus experiencias. Y entre esos no solamente hay dominicanos, hay otras nacionalidades.

¿Qué historias cuenta la novela?

Es una novela sobre jóvenes, sus experiencias y el medio en que se desarrollan, el vocablo que utilizan, las diferentes situaciones que enfrentan. Estoy tomando sus experiencias y adaptándolas a la manera ficcional. Una muchacha me contó su historia y me di cuenta que es la misma de todos. Y no solamente sucede con los dominicanos, sucede con diferentes nacionalidades. Es el signo de la emigración.

¿Cómo es su vida como emigrante y como escritora en Nueva York?

Desde que decidí vivir en Estados Unidos me hice el propósito de mantener mis convicciones y valores. Han pasado los años y sigo siendo la misma persona que llegué aquí. Claro está, con un poco más de madurez. Resido en Washington Heights, un sector donde vive una gran población dominicana. Aunque se notan los cambios en los últimos años por el alza de los alquileres, lo que ha obligado a muchos dominicanos a desplazarse a otros condados y ciudades. Todavía quedan calles donde el concurrir de dominicanos es notorio, como es el caso de la avenida de Saint Nicholas y la avenida Audubon, entre otras. Pero si tú caminas hacia el oeste, vía la calle 181 después que pasas la avenida Broadway, ves la diferencia; es una población más anglosajona, rusa y judía. Y si te vas al este te encuentras con la Universidad Yeshiva, que es un recinto universitario judío. Desde la ventana de mi casa puedo apreciar por un lado el amanecer desde el Río del Este o Harlem River y por el otro lado el puente George Washington, levantado sobre el Río Hudson, y su atardecer. Manhattan es una isla bordeada por dos ríos y cada uno tiene su belleza. Para mí el paisaje es gratificante. Cada día, esas imágenes me reconfortan, se han convertido en parte de mí, son mi sentir, mis pensamientos y sus conjuros, mis cómplices, son mi amanecer y mi anochecer. Escribo donde quiera; en ocasiones camino hasta el parque de Fort Tryon cerca del Jardín Curativo (Healing Gardens); busco un espacio bajo la sombra y me siento a escribir. Es un refugio de paz y armonía con la naturaleza que inspira a escribir. Cuando quiero desconectarme de todo y de todos, camino hasta Los Cloisters, un castillo medieval que se encuentra localizado en el parque, me siento alrededor de su jardín interior y puedo pasar horas escribiendo. En las tardes, luego de salir del trabajo, camino hasta la parada del tren “A” por el lado de la calle Overlook Terrace y la calle 184 para tomar el tren. Durante el trayecto escribo o reviso algún escrito. Casi siempre llego hasta Columbus Circle (calle 59), salgo de la estación, camino hasta el Lincoln Center, que se encuentra en la calle 66. Miro el reloj, luego me acerco hasta la fuente para observar el ritmo de sus aguas, suben, bajan, desaparecen, y yo me siento, escribo, escribo y luego continúo.

“Para escribir literatura infantil debes volver a tus inicios, regresar a la niñez.”

¿A pesar de sus regresos permanentes a Santo Domingo aun le muerde la nostalgia?

Hay una nostalgia perenne en los emigrantes dominicanos. Nunca se me va a olvidar un día que venía llorando a mi casa. Yo lloraba y decía que no conocía a nadie ahí. Tú buscas ese calor humano, ese cariño, ese nexo que te da tu lugar, y a veces no lo encuentras. Esa es la nostalgia del emigrante.

¿Dónde nacieron sus hijos y en qué idioma se educaron?

Nacieron en Estados Unidos y se educaron en el inglés.

¿Sus hijos se saben el Himno Nacional dominicano?

Si. Yo se los enseñé temprano.

¿Y usted cree que la nostalgia de un emigrante se hereda?

Los hijos de emigrantes, a menos que hayan tenido un roce, una permanencia por aquí, aunque sea corta, no pueden heredar la nostalgia de sus padres.

¿No le parece que en los hijos extranjeros de los dominicanos se difumina la patria que dejaron atrás?

Así es. En mi caso, mi patria se va difuminando en los muchachos. La tengo yo, muy marcada, muy adentro, y ellos respetan eso. Y respetan mis tradiciones.

¿Cuál es la patria de un emigrante dominicano que se sabe el Himno Nacional de su país, pero que no se educó en el idioma de sus padres y que cuando tenga hijos ya no tendrá raíces de este lado del mar?

La patria de los hijos es donde ellos viven. Ellos descienden de la mía, pero su patria es aquella. Mis hijos se educaron allá, en Estados Unidos, pero mi visión de la educación está basada en la formación que yo recibí, aquí, en República Dominicana. No me interesaba tener una transculturación. Somos un país híbrido y yo eduqué a mis hijos para que se reconocieran en su origen, qué eran ellos y de dónde venían. Eso tiene que ver con la identidad.

¿No le parece que los hijos de dominicanos que nacen en el extranjero se van desprendiendo poco a poco de sus raíces?

No te diría que se van desprendiendo así porque siempre ellos van a estar cerca, van a saber quiénes son. Conmigo se da lo siguiente. Yo no emigré, nunca se cortó ese cordón umbilical. Yo vivo en Estados Unidos, camino muchísimo. Sin embargo, yo llegué y nunca he aceptado la idea de que emigré. Yo no cogí dos maletas y me fui. Yo cogí un bulto, un bolso para llegar una semana y regresar. Por ciertas circunstancias me quedé allá por dos años, no más de ahí, y ya han pasado treinta. Ese era mi destino. Siempre he tenido esa resistencia a verme como una emigrante. Yo vivo en Estados Unidos pero en mi interior no ha habido ese rompimiento. Yo vengo siempre a mi tierra, y esa es mi resistencia para no perder el lazo. Este país es mi centro y venir siempre es una manera de sentirme que estoy en mi casa, que tengo un lugar, como que yo nunca me he ido y que este es y seguirá siendo siempre mi lugar. Esté donde esté. Mis mejores años los he pasado aquí, yo nací aquí, crecí aquí, estudié aquí. Y nunca he perdido mi contacto por esa misma razón.

¿Cuál es la importancia de preservar las tradiciones, leyendas y costumbres?

La mejor manera de preservar las leyendas y los cuentos es a través de la escritura pues por de esa manera van a ir de una generación a otra. Hay un poema que está en Carnaval en que yo termino con esto que acabo de decir: esto es parte de tu historia, de tus raíces y tradiciones.

¿Qué pasa cuando un país olvida esas tradiciones?

Desaparece su identidad. Hay una transculturación porque adquiere culturas y tradiciones que no son innatas, que no le pertenecen. Entonces, la esencia de país desaparece. Cuando tú no tienes identidad tú no tienes nada. Eso es como cuando tú no tienes tu nombre ni tu apellido. La identidad es lo mismo. 

¿Qué atenta hoy en día contras las tradiciones y leyendas?

Si no continuamos escribiendo con relación a ese tipo de temas las tradiciones van a desaparecer. Fíjate que hay mucha literatura, hay muchos cuentos que se hacen, pero no se está hablando de tradiciones. Son pocas. Mi libro Trucando es un libro es de manejo fácil, didáctico, tanto para un padre, para un maestro como para un niño. Ese libro es un acercamiento con la familia.

¿Cómo son los lectores de literatura infantil hoy?

La generación a que estamos enfrentado es la generación T. Eso es la generación táctil. Hay una generación Z, que es la generación anterior. Para mí, la Z viene después del Milenium. Ya se terminó la generación del Milenium. Terminó con mis hijos. La Z viene después de ellos, que son los jovencitos que llegan hasta diez años, doce años, los que están subiendo, que están entrando a la universidad. La generación Z o post Milennials. Ahora todo lo de la Z es digital, no pueden hacer nada sin los teléfonos, mucha comunicación, no pueden vivir sin un celular, prefieren leer en las tabletas. Pero la táctil es la que está subiendo en este momento, que es la que, como escritora juvenil e infantil, yo tengo, que son los que están utilizando mi literatura. O sea, es la edad comprendida para la literatura infantil que yo publico. Esa es la T. Un dato importante, la T comenzó en 2010 y se piensa que va a terminar en 2025. Esta generación representa un grave reto para los escritores porque de meses le ponen un celular en las manos y una aplicación. Hay que tener mucha creatividad, las ilustraciones tienen que ser muy buenas. 

¿Qué debe hacer el escritor de hoy para llegar a esa generación?

Esa es una generación que para los escritores representa un gran desafío y la versatilidad: obras de alta calidad, de una calidad literaria elevada, imaginación y creatividad, elementos importantes que motiven a los niños y las niñas a leer. El autor, tanto infantil como juvenil, tiene que poner ahora más esfuerzo en lo que escribe, más emoción en lo que hace, verosimilitud, ante todo. Tú tienes que ser más sagaz, tener más dinamismo, muchos juegos de palabras, mucha rima, mucha sonoridad en la escritura para poder atraer al lector.

¿La modernidad y la tecnología le están cerrando el paso a la fantasía de los niños?

Yo diría que no. Al contrario, creo que la tecnología le ha dado al niño una capacidad más amplia para tener un acercamiento a lo mágico, lo fantástico, un cercamiento muy temprano.

¿Cómo se construye un personaje en la literatura infantil?

Sacarlo de la misma realidad. La magia de la literatura infantil es la magia de los niños. El niño de por sí es un ser mágico y todo lo que hace lo transmite con magia porque la inocencia es magia. Los personajes de la literatura infantil son personajes mágicos que nacen del mismo niño. Los cuentos para los niños son basados en su mundo, y su mundo es mágico. Los niños no conocen limitaciones, las limitaciones se las ponemos los adultos; el niño no conoce la maldad, la maldad se la hacemos los adultos. El niño es un ser alegre por naturaleza, somos los adultos que convertimos los niños en seres tristes.

¿La literatura infantil debe tener algún propósito?

Al principio, la literatura infantil quería enseñar y disciplinar al niño. Ese era el propósito. Pero cuando se piensa en propósito se pierde la magia de la literatura.

Hay una falta de apoyo al libro dominicano en el extranjero. ¿Eso también es válido para la literatura infantil?

Eso es válido para todo, pero en la literatura infantil es peor. Son pocos los autores dominicanos que pueden decir que se está vendiendo en el extranjero. Es un problema de representación del libro; No tenemos una representación del libro. Hace poco estuvimos en la Feria del Libro de España. Yo tenía una presentación. Yo había mandado unos libros para que los llevaran allá. Cuando salieron las personas de la actividad fueron a comprar mis libros y no habían llegado; no los mandaron a tiempo los encargados de hacerlo.

¿En resumen, el libro dominicano no tiene dolientes en el extranjero?

No, no tiene dolientes porque no hay una representación, no hay una entidad que se encargue de mandar esos libros a esos lugares.

¿Quién distribuye el libro dominicano en el extranjero?

El propio autor.

¿Por qué el libro cubano camina y el dominicano no? ¿Por qué el libro mexicano camina y el dominicano no? ¿Por qué el libro colombiano camina y el dominicano no? 

Porque sencillamente no hay una institución dominicana dedicada a hacerlo caminar. Realmente, no hay una persona o una entidad que se encargue del libro dominicano en el extranjero, que le dé seguimiento. Eso le hace falta al libro dominicano. Puede decirse entonces que el libro dominicano en el extranjero no tiene facilidades. Para que el libro dominicano se puede posicionar hay que abordar el tema de lo que es el tema del marketing, distribución y mercadeo en el extranjero.

 

¿Hay diferencias entre un hombre que escribe y una mujer que escribe?

El hombre que escribe tiene mucho más tiempo para escribir. El hombre que escribe tiene mucho menos responsabilidades que una mujer. Aparentemente el hombre lleva más carga, y es mentira, la mujer lleva más carga que el hombre en todo el sentido. El hombre tiene mucho más facilidades para escribir. Yo estoy partiendo de mi experiencia propia y considero que sí, que el hombre tiene mucho más facilidad. El tiempo de la mujer es más corto porque tiene que ser dividido en muchas partes. A veces hacen cualquier tipo de actividad, invitan escritores y si acaso una mujer, y fíjate cuantos hombres invitan. Haga una evaluación, son diez hombres y alguna mujer, y en ocasiones ninguna. Eso es parte de una conciencia colectiva, eso es parte de lo que vivimos todavía. Ya llegó el tiempo de cambiar esa visión. Hubo un tiempo en que la mujer tenía que escribir con un seudónimo y el seudónimo que tenía que utilizar era de hombre

¿Entonces, ha tenido que pelear tu condición de escritora, de mujer que escribe?

Yo sí; la he tenido que pelear, con mucha altura, claro está. Hay que saber que adonde yo he llegado, he llegado con pulso, con entereza y con mucha clase. El camino ha sido fuerte, ha sido duro. El camino ha sido un poquito lento, pero creo que al final ya se ha reconocido. El reconocimiento trae respeto.

Dicen que escribir cambia a la gente. ¿A usted la ha cambiado la literatura?

Escribir es una forma de reflexión. A mí me ha hecho más observadora y más atenta. Y te podría decir que en cada cosa que escucho encuentro una historia para contar.

Un escritor es, por definición, un contador de historias. ¿Humanamente hablando, qué huellas le ha dejado el oficio de contar historias para los niños?

Ser más humana, tener más acercamiento con el ser humano y ser más transparente. Esa es mi lección. 

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VIANCO MARTÍNEZ
Por la crónica del periodismo dominicano camina un reportero con los ojos abiertos a todo asombro. El desgaste de sus botas delata un recorrido sin fin por los senderos fronterizos que guardan la historia de la migración y el desamparo, por ciudades costeras enlutadas por yoleros que partieron para siempre, por campos poblados de hombres y mujeres a los que los diarios olvidaron y por las montañas de las cordilleras ignoradas por todos los gobiernos. Armado de su libreta sigue sus pasos en busca de la próxima historia cotidiana. Porque Vianco Martínez es “El cronista” y vive entre nosotros.