Leer a Clarice

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¿Pero será posible que algún día deje de leer a Clarice Lispector como quien lee un libro sagrado que te dicta cómo vivir y cómo sentir la vida? ¿Será posible que cuando lea sus textos no quiera subrayarlo todo y compartirlo con el resto del mundo?

¿Será posible que deje de pensar que soy uno de sus personajes, o que cuando escribe de sí misma realmente está escribiendo acerca de mí? ¿Será posible que algún día pueda yo escribir un poquitito como ella?

¿Será posible que un día sus escritos no me interpelen o me sepan a nada, como me ha pasado con otros libros a lo largo de los años? ¿Será posible que yo alcance ese nivel de sensibilidad ante lo cotidiano?

¿Será posible que logre capturar un poco de la maravilla de lo minúsculo, que pueda traducirlo en palabras o incluso reconocer que no siempre es posible, de la misma forma en que ella lo hacía?

Esta soy yo leyendo “Aprendiendo a vivir”, una selección de crónicas de Clarice publicadas en un periódico entre 1967 y 1973. Digo que son las #HistoriasMínimas de Lispector.

Inciso I. Lispector hablando del primer libro “de cada una de sus vidas“: En una librería, el día en que cobra su primer salario, hojeando cada uno de los libros. “Y de repente, uno de los libros que abrí contenía frases tan diferentes que seguí leyendo ahí mismo, presa. Emocionada, pensaba: ¡este libro soy yo! Y, conteniendo un estremecimiento de profunda emoción, lo compré”.

Inciso II. Yo misma, recientemente en la librería con el libro de Lispector en la mano. Presa, emocionada. Profundamente emocionada. Ahora vuelva al primer párrafo de este texto.

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