Mi árbol gigante en la Carretera Internacional

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Tengo una relación especial con este árbol. Lo conocí y lo toqué hace más de 20 años cuando hice mi primer recorrido por la Carretera Internacional. De mis viajes por esta parte de la frontera domínico-haitiana me quedo por siempre con el paisaje, que parece tirado sobre un lienzo con protuberancias hacia el lado haitiano.
Un lienzo cubierto de un pastizal amarillento o seco (como casi siempre lo encuentro), con grandes extensiones de un suelo pedregoso desnudado por el último incendio dictado por la necesidad de sobrevivencia. Las piedras tiznadas anuncian un futuro cada vez más árido, como el que atestiguan las escasas plantas de plátano que se levantan en lo que un día fueron pequeñas cañadas, o las de mango, que crecen con marcada lentitud.
Del lado dominicano, de manera improvisada, hay un vertedero dominado por el plástico cerca del Artibonito y próximo a Pedro Santana. Carretera adentro y a la derecha, las hileras de árboles verdes, cada vez más escasos, perdidos en una inmensidad de pastizales que cuelgan distintas montañas.
Agoniza el verdor en la Carretera Internacional, pedregosa y polvorienta. En una parte del trayecto se levanta mi árbol amigo. No puedo pasar sin detenerme a saludarle. Esta vez con dolor, al comprobar que terminará (está condenado a hacerlo) derribado por su propio peso en un precipicio que se ahonda con la erosión cada vez más palpable de un paisaje moldeado una y otra vez por la azada que desbroza el suelo para plantar maíz, auyama o guandules. Los almácigos más pequeños que acompañan su estancia en estos lares también se tambalean. La frontera agreste de siempre en donde la deforestación gana espacio. Los militares que ahora van y vienen levantando una gran polvareda detrás de sus buggies. El ser humano contra el paisaje.
Y mi amigo, el árbol de siempre, aquí. Esperando. Esperando. Esperando… #ÁrbolesGigantesRD #FronteraRDHaití

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Copropietario de los atardeceres de la frontera dominico-haitiana por la generosidad del cronista Vianco Martínez que le cedió la mitad de los caminos. Ama recorrer el país porque creció con la idea de que su padre, chofer del transporte público, era dueño de todas las carreteras. Batalla porque el río Tireo reviva en un caudal que cante entre las piedras, y que un día se aplique la ley ambiental para que en su valle vuelvan a florecer los pomos y las montañas anuncien la llegada de la Nochebuena con un estallido rojo de yaraguales mecidos por el viento.