Siempre hay un paso más por dar

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Recuerdo como si fuera ayer cuando me notificaron que “no tenía suficiente experiencia” para tomar el puesto al que había aplicado con muchísima ilusión. Tenía 18 años y estaba destrozada; sentía que me habían arrebatado el sueño por el que tanto había luchado.

No podía conseguir un trabajo por falta de experiencia y no podía adquirir experiencia por falta de trabajo. Me sentía atrapada en un ciclo sin fin, pero estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para romperlo y poner en marcha mi carrera. A la semana de ese rechazo, me reuní con un profesor de la universidad para explicarle lo sucedido y me sugirió unirme al servicio comunitario de la universidad. Aunque no le veía la utilidad práctica relacionada a conseguir mi primer empleo, decidí unirme al voluntariado, sobre todo porque me gustaba la idea de contribuir con la comunidad. En ese momento no sabía que ese aparentemente pequeño paso, ese camino alternativo, me abriría las puertas a mi carrera en el futuro.

Durante el primer semestre logré obtener una primera pasantía en un trabajo real, impartiendo clases de informática a un grupo de 30 estudiantes de 1ero a 6to curso. Y fue precisamente allí donde aprendí las lecciones más valiosas para mi futuro. Me cautivó vivir el desafío de ser una influencia positiva para alguien, y salir de mi zona de confort. Ese compromiso me hizo buscar y aprender a gestionar diferentes formas de enseñar, ayudar y orientar en función de la necesidad de la comunidad. Por ejemplo, aprendí la importancia de ser flexible en cualquier trabajo, y si lo comento ahora es porque ha sido una de los logros más útiles y relevantes para mí.

Gracias a ese voluntariado -en el que me inscribí simplemente para darle valor a mi tiempo libre- obtuve la tan necesaria primera experiencia laboral. Y gracias a ella, tuve la oportunidad de desempeñarme como directora del servicio comunitario, entre muchas otras puertas que se abrieron en mi camino.

Miro hacia atrás y aunque no ha pasado tanto tiempo, me alegra saber que no solo logré dejar pequeñas huellas en los corazones de varios estudiantes, sino que también pude desarrollar nuevas habilidades, hacer contactos y cultivar un sentido de satisfacción en la realización. He visto cómo mi trabajo, amor y entusiasmo influyeron en otros y esta experiencia me ayudó a aprender lecciones valiosas para mi futuro y a desarrollar un sentido de empoderamiento y orgullo por el logro.

Helen Keller afirma que “cuando se cierra una puerta de la felicidad, se abre otra, pero muchas veces miramos tanto tiempo la puerta cerrada que no vemos la que se nos ha abierto”. Es así como veo ahora que esa ‘desilusión’ por no ser aceptada en el primer trabajo al que aspiré, en la que en ese momento era la empresa de mis sueños, fue una puerta que se cerró pero que permitió que se abrieran otras.

Invito a tantos jóvenes que, como yo, pasan por ese círculo vicioso a no desfallecer en el intento.  Si algo nos define como generación es la flexibilidad y la búsqueda de alternativas.  El futuro nos pertenece, pero debemos afrontarlo con optimismo y perseverancia.

 

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