Gabriel López y Roseric García coinciden en que la IA automatiza tareas operativas, pero aumenta el valor del criterio, la estrategia y la capacidad de adaptación profesional
Santo Domingo (RD).- La inteligencia artificial está cambiando la manera en que se aprende, se ejerce y se contrata el diseño gráfico. Tareas que antes requerían tiempo de producción manual —como recortar imágenes, eliminar elementos, generar fondos, crear variaciones o realizar ajustes rápidos— hoy pueden resolverse con herramientas integradas en los propios programas de diseño.
Sin embargo, para profesionales de esta carrera consultados por La Uni, esta transformación no equivale a la desaparición del diseñador: implica un desplazamiento hacia funciones de mayor criterio, dirección y especialización.
Gabriel López, quien combina la docencia universitaria en Diseño Gráfico con el ejercicio profesional, entiende la inteligencia artificial como una herramienta que debe aprenderse a utilizar de acuerdo con el contexto. Desde su perspectiva docente, la formación ha evolucionado de manera similar a otras disciplinas, pero la tecnología no sustituye la capacidad humana para resolver problemas ni para generar ideas capaces de conectar de forma innovadora y emocional.
López señala que los principales programas de diseño han incorporado sistemas de inteligencia artificial propios, apoyados en tecnologías de aprendizaje automático que buscan agilizar tareas de producción. Frente a esa automatización, considera que la formación debe reforzar lo que denomina “human skills”: curaduría, buen gusto, toma de decisiones, paciencia, cultura general, criterio, sensibilidad y sentido de asombro.
Para el docente, la IA no está reduciendo el valor del diseñador, sino haciendo más visible la diferencia entre ejecutar y diseñar. A su juicio, el trabajo se está especializando y las herramientas generativas permiten identificar con mayor rapidez cuándo una propuesta carece de criterio. Cuando se le pregunta qué dimensión del diseño resulta más difícil de sustituir, su respuesta es directa: “La humanidad”.
Más tiempo para pensar y menos para ejecutar
Esa visión también se refleja en su experiencia profesional. López explica que ahora puede concentrarse más en conceptualizar y pensar las soluciones, mientras delega en herramientas de IA tareas como el cropeado, las ediciones rápidas, la eliminación de elementos, la generación de fondos, ciertas animaciones, escalas y otros ajustes menores.
Contrario a la idea de que estas herramientas necesariamente reducen la demanda, asegura que en su experiencia la necesidad de servicios de diseño ha aumentado. Lo atribuye, entre otros factores, a una menor tolerancia del público y de los clientes hacia piezas que se perciben como “arte de IA” sin dirección profesional. La facilidad para generar imágenes no elimina, en ese sentido, la necesidad de un diseñador capaz de convertirlas en soluciones coherentes.
La incorporación de IA también tiene un efecto económico. López explica que para competir es necesario contar con herramientas de generación de imágenes de calidad, cuyas suscripciones representan un costo adicional dentro del proceso creativo. Por esta razón, indica que sus cotizaciones no han disminuido; por el contrario, pueden aumentar como consecuencia de la incorporación de estas tecnologías al flujo de trabajo.
Dominar la inteligencia artificial se convierte así en una competencia adicional. Para López, manejar estas herramientas representa un “plus” dentro de un mercado competitivo, pero no sustituye lo esencial del oficio: la resolución de problemas, la sensibilidad, el buen gusto y el criterio profesional.
Las empresas buscan perfiles híbridos
Desde la perspectiva de contratación, Roseric García, reclutadora y consultora organizacional, también observa una transformación del mercado. Considera que la demanda de diseñadores ha cambiado porque la IA facilita la creación de piezas sencillas y automatiza determinadas tareas, pero las empresas continúan necesitando profesionales que aporten creatividad, criterio visual y capacidad para construir una identidad de marca.
Más que contratar únicamente a personas capaces de ejecutar piezas, las organizaciones están valorando perfiles que combinen diseño, tecnología y pensamiento estratégico. García señala que en algunas posiciones puede disminuir la necesidad de personal dedicado a tareas repetitivas, mientras aumenta el interés por profesionales que sepan adaptarse a nuevas herramientas, optimizar procesos y conectar sus decisiones creativas con los objetivos del negocio.
Entre las competencias relacionadas con IA que comienzan a ganar peso se encuentran el manejo de herramientas generativas, la edición de imágenes mediante inteligencia artificial, la capacidad de redactar instrucciones o prompts efectivos y la integración de estas soluciones dentro de los flujos de trabajo. A estas destrezas técnicas se suman el pensamiento crítico, la evaluación de los resultados generados, el conocimiento sobre derechos de autor y la capacidad de mantener la coherencia visual de una marca.
La transformación también está generando perfiles más especializados. García identifica funciones relacionadas con diseño generativo, integración de IA en procesos creativos, producción y edición de contenido visual con inteligencia artificial e incluso diseño de experiencias de usuario para productos basados en IA. En muchos casos, estas responsabilidades todavía se incorporan a puestos tradicionales de diseño y no siempre aparecen con una denominación nueva.
Del operador al director creativo
Para García, la sustitución y la transformación ocurren al mismo tiempo, pero no de la misma manera en todos los puestos. La IA puede reducir la intervención humana en tareas rutinarias, como generar variaciones sencillas o adaptar formatos, mientras deja en manos del profesional las funciones que requieren comprender al cliente, tomar decisiones, aportar sensibilidad estética y construir una estrategia.
El resultado es un cambio en el rol del diseñador: menos tiempo dedicado a la ejecución manual y mayor participación en la dirección creativa, la supervisión y la selección de resultados. Tanto la mirada de García como la experiencia de López apuntan a una misma conclusión: la competitividad no dependerá de ignorar la inteligencia artificial, sino de aprender a utilizarla sin entregar a la herramienta aquello que sigue siendo esencialmente humano.
En ese escenario, el diseñador gráfico no desaparece. Se vuelve más exigente, más híbrido y, en muchos casos, más especializado. La tecnología acelera la producción; el valor profesional sigue estando en saber qué hacer con ella, por qué hacerlo y cómo convertir una posibilidad técnica en una solución que realmente comunique.
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